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De cuándo y cómo Aníbal arrasó Sagunto

09/05/2007

El pueblo valenciano de Sagunto había conseguido, por aquellos años, ser declarada ciudad independiente protegida por Roma, viviendo tiempos de gran esplendor. Pero se cruzó en los sueños de conquista del temible cartaginés Aíbal. Los saguntinos, traicionados y abandonados a su suerte por la pasividad romana, eligieron la muerte antes que la rendición, tras un prolongado y cruento asedio por parte del caudillo carteginés. Un heroico episodio que quedó inscrito para siempre en la Historia con letras de sangre.

Los cartagineses fueron un pueblo tradicionalmente comercial y guerrero. Hasta hace poco tiempo se les había considerado un pueblo cruel y sanguinario. No obstante, y a pesar de la ferocidad de sus acciones bélicas -relato de la más pura y simple literatura fantástica exagerada hasta el paroxismo-, se puede considerar que dichas acciones estarían dentro de lo que tristemente podemos calificar de habitual, en una guerra de la época. No fueron menos crueles, pues, los saqueos con que los romanos 'obsequiaban' a la ciudad o ciudades del conquistado tras la batalla –de hecho era con lo que César, por ejemplo, obsequiaba a sus soldados por haber logrado la victoria-. Lo cierto es que partimos de una preconcepción inicial marcada por la narración de los hechos –la que siempre se pone al lado del fuerte- que ha llegado hasta nosotros procedente, principalmente, de los historiadores romanos, Tito Livio y otros historiadores griegos como Appiano, que magnifican la realidad. Los romanos fueron los primeros interesados en demostrar que los cartagineses eran un pueblo devastador e irrespetuoso con sus vecinos. Por eso no debemos llevarnos por lo literario del relato histórico y debemos atender a la narración de la gesta de los saguntinos con ojos críticos, intentando incluir todas las variables que pudieron influir en ella, rechazando la magnificencia y el partidismo exacerbado.

Desde sus orígenes los cartagineses y, en especial los barquidas, se sintieron muy atraídos por los territorios peninsulares, principalmente por su situación geoestratégica frente a Roma, por sus recursos minerales y agrícolas pero, sobre todo, por su gran aportación de mercenarios, difícilmente mejorables en dotes guerreras. Esa debilidad por controlar nuevos territorios con los que engrandecer su poderío geopolítico y económico en el Mediterráneo lanza a Amilcar Barca a una importante campaña expansionista en la Península Ibérica. Tras reclutar a un poderoso grupo de mercenarios, desembarcan en Gadir, única posesión cartaginesa en la Península en el año 237 a.C. y, avanzando por todo el territorio meridional controlan toda la Bética, dominando a Bastitanos y a Contestanos (Almería, Murcia y Valencia), sin cejar en el empeño en su camino hacia los Pirineos. El pretexto de la invasión para Amilcar es el obligado y elevado pago de tributos que ha de realizar a su vecina Roma. Sin embargo, Amilcar no esconde sus intenciones y deseos expansionistas. El resurgimiento del imperialismo cartaginés pretende garantizar una mayor fluidez comercial con Cartago. A pesar de ello existen historiadores que no están del todo de acuerdo con éstas supuestas intenciones expansionistas retrasando estos deseos a su hijo Anibal, poco tiempo después.

Amilcar en su avance hacia los Pirineos no respetó el primer tratado con Roma fechado en el 348 a.c., por el que no debía sobrepasar, según Polibio, Mastia, ciudad tartesia. La respuesta romana no se hizo esperar y Amilcar se disculpó manifestando que su única intención había sido obtener metales preciosos con los que pagar tributos a Roma. La importancia del hecho es que por primera vez los romanos se interesan de forma especial por los asuntos de la Península.

Amilcar acampa sus tropas en Akra Leuké (muy cerca de la actual Alicante) y en su intención de dominar Illice (Elche) pierde la vida a manos de los Oretanos que les habían tendido una emboscada por la noche. Amilcar es sustituido por su yerno Asdrúbal, conocido más por sus dotes de diplomático que de estratega militar. Mientras tanto Anibal, hijo de Amilcar, crece en tierras hispanas. En poco tiempo Asdrubal consigue un gran prestigio en la zona que asusta a los saguntinos pidiendo protección a Roma. Se firma el histórico Tratado del Ebro en el año 226 a.C., por el que el río Ebro debía ser la frontera natural y límite de los dos imperios. Los cartagineses debían respetar la independencia de la ciudad de Sagunto, bajo la protección y supervisión de los comisionados romanos. Ocho años después, al morir Asdrubal asesinado a manos de un siervo suyo, le releva el hijo de Amilcar, Aníbal, a propuesta del Senado cartaginés, contando con tan sólo 25 años de edad.

La educación de Aníbal es muy peculiar. Criado en la idea del temido y feroz enemigo romano va a despertar un espíritu de lucha implacable y un profundo sentimiento de rencor, casi instintivo, hacia el pueblo romano. Con Aníbal finaliza la línea pacifista emprendida por Asdrubal y se retorna la política de expansión territorial exacerbada. En el momento del cambio de poderes, Cartago controla todo el Sur peninsular, parte del territorio oretano del interior, entre Sierra Morena y el Guadiana, además de todo el litoral levantino con la única excepción de Sagunto. Sus primeras campañas en la Península son muy nombradas, pues derrota a los olcades, tomando Altia, a los carpetanos y vacceos, a los que taló sus árboles y extrajo sus metales preciosos, rindiendo sus ciudades hasta llegar a la Elmántica (actual Salamanca), que también va a dominar sin apenas oposición. La literatura fantástica asociada al nombre del guerrero Aníbal provoca el terror entre los norteños peninsulares rindiéndose sin oposición. Aníbal regresa a Cartago en olor de multitudes y, transcurrido el invierno sin cejar en su empeño, decide pensar en la estrategia adecuada para conquistar Sagunto, que continúa protegida por Roma. Aníbal utiliza su estrategia personal para resucitar viejas heridas entre turbolitanos (terolenses) y saguntinos relacionadas con antiguos conflictos fronterizos. Turbula, partidaria de Cartago, acusa a los saguntinos de asaltadores de campos e infractores de sus leyes y derechos de propiedad. Aníbal hace la causa como suya y decide enviar estas noticias a Cartago, situando estos incidentes como una forma vil de los romanos para poner en peligro la paz creada hace poco tiempo. Los saguntinos, que ven cómo se precipitan los acontecimientos, solicitan de nuevo la protección de Roma. Aníbal, molesto, responde con la invasión de Sagunto en el 219 a.C, y a consecuencia de ello se iniciaría poco más tarde la famosa Segunda Guerra Púnica.

Los comisionados romanos Publio Cornelio Escipión y Tiberio Sempronio Longo envian a Valerio Flacco y Q. Bebio Tamphilo a la Península para hacer respetar el pacto de Cartago con Roma. Sin embargo, ya es tarde puesto que las huestes de Aníbal han comenzado el sitio de Sagunto. La discusión historiográfica en torno a la violación del pacto por parte de los cartagineses no está clara. Se abren nuevas líneas de investigación que sitúan a Cartago como la principal agredida por los intereses romanos que deciden unilateralmente proteger Sagunto en una zona de marcada influencia cartaginesa. ¿Quién rompe el pacto de no agresión si es Roma la que ha impedido desde el primer momento a los cartagineses cualquier dominio sobre Sagunto? No obstante, todos están de acuerdo en señalar que, de una manera o de otra, la agresión a Sagunto supone una declaración firme de guerra a Roma.

En la estrategia de Aníbal se pretende arriesgar muy poco, pues se trataría de una simple operación de desgaste que busca mucho más la eficacia que la brillantez. Su ataque se va a desarrollar principalmente por tres flancos de la ciudad, valle, río y el extremo occidental del alcázar (punto más vulnerable de la ciudad) en el punto más llano que mira al valle. El general ordena que sus máquinas de guerra o Vineas se arrimen contra el muro para abrir un boquete con el ariete. Sin embargo, la existencia de una torre de defensa dificulta enormemente lo que en un principio parecía una operación rápida y contundente del general cartaginés. Los saguntinos van a emplear toda clase de armas arrojadizas impidiendo que el ariete batiera el muro. Por la noche los saguntinos salen de la ciudad aprovechando la oscuridad para realizar incursiones en el campamento cartaginés, lo que provoca numerosas bajas entre los mimos. Los escasos intervalos de descanso eran empleados por los saguntinos para aumentar las fortificaciones. Finalmente, las Víneas y Arietes consiguen derribar tres torres y parte del muro defensivo que las une, sin poder los saguntinos defender tantos puntos de ataque se reagrupan formando un escudo humano frente a la brecha abierta en la muralla, defendiéndose con coraje del ataque cartaginés, llegando a obligarles incluso a retroceder hasta su campamento. Como ya hemos dicho, la narración de la gesta por parte de los historiadores romanos contribuye a magnificar la heroica defensa de la ciudad. Así, Livio señala la gran precisión y meticulosidad en la planificación de la defensa de Sagunto. Estos utilizan una nueva arma llamada falarica que consite en lanzar un madero de tres pies de largo coronado con puntas de hierro, con su astil forrado de estopa e impregnado de pez y azufre negro, al que se le prende fuego lanzándose sobre el enemigo el cual al ver su escudo ardiendo lo suelta quedando como un blanco fácil desde la muralla. Aníbal suspende la invasión durante varios días. Esto es aprovechado por los saguntinos para restaurar la muralla y fortificar nuevas defensas.

La embajada romana es recibida por Aníbal en una completa posición hostil. Ante este mal recibimiento, los legados romanos parten hacia Cartago con el fin de denunciar los hechos ante el Senado Cartaginés y pedir que éste respete el tratado con Roma. Sin embargo el Senado cartaginés, con una amplia mayoría barquita, defiende al linaje frente a las acusaciones romanas. Para Aníbal, el sitio de Sagunto se ha convertido en una cuestión de honor y llega el momento de cambiar la estrategia de asalto. Se construyen varias torres de madera más altas que el muro, y sitúa en ellas numerosos soldados, encaramados y bien guarnecidos del peligro de las armas arrojadizas. Así, ordena que las torres se aproximen al muro y abran una brecha en él. Abierta la brecha en un abrir y cerrar de ojos, los cartagineses consiguen situarse en un sitio muy elevado desde donde comienzan a colocar catapultas y ballestas formando una especie de castillo en la misma ciudad y continúan su avance por la parte de la ciudad más arruinada. Los saguntinos construyen con los escombros otra muralla a espaldas de la ciudad reduciendo su recinto y defendiéndose como pueden del avance cartaginés.

Asolada la mayor parte de la ciudad y ante la falta creciente de víveres, los saguntinos pierden la esperanza de la ayuda romana y deciden resistir como se pueda los embites de las fuerzas de Aníbal. Éste se ve obligado a marchar para acabar con un conato de sublevación carpetana y oretana en el centro de la Península. Su segundo Maharbal continúa el asedio de la ciudad y el derribo de gran parte del muro. Al regreso de Aníbal, se plantea un asalto general de la ciudad partiendo de una torre del alcázar que mira a Occidente, apoderándose de ella después de un largo y sangriento combate. Los sitiados están alimentándose de cortezas de árbol y de cuero reblandecido de los escudos; la situación es insostenible y los saguntinos proponen una rendición honrosa que no es aceptada por Aníbal. Éste impone las suyas con brutales consecuencias para los saguntinos. Entre las condiciones impuestas destaca la devolución a los turboletas de todo lo robado, entrega de todo el oro y la plata que poseen y el abandono de la ciudad con sólo dos vestiduras. Finalmente, los saguntinos optan por la máxima 'morir antes que entregarse' y deciden montar una pira inmensa, llena de objetos valiosos, prendas, piedras preciosas, vasos sagrados de los templos, plomo y bronce para deteriorar completamente el oro y objetos de valor, prendiendo fuego al conjunto en la Plaza.

Ante la desesperación del momento, cuentan las crónicas que numerosos saguntinos deciden perecer consumidos por el fuego antes que rendirse al general cartaginés. La crónica también cuenta que esa misma noche un grupo salió de la ciudad 'a la desesperada' hacia el campamento cartaginés, para acuchillar a todos aquellos que encontraran a su paso. La consigna no deja de ser descabellada -'morir matando'-. Sin embargo, la superioridad numérica de los cartagineses presagiaba el triste final de los desesperados saguntinos. Desde lo alto de la muralla mujeres y niños contemplan el fatal desenlace y muchas de ellas deciden asesinar a sus criaturas antes de lanzarse desde lo alto de la fortaleza al vacío. Poco después, entran los cartagineses ordenando el asalto general sin compasión. Se puede decir que perecen en el intento más que los que se entregan al general.

Así queda Sagunto después de ocho meses ininterrumpidos de asedio y bloqueo continuado. La gesta de los saguntinos va a calar hondo en todas partes. La Guerra con Roma es inevitable y el Senado Romano la declara inmediatamente. Roma va a iniciar la expansión por la Península poco tiempo después. El inútil derramamiento de sangre no ha impedido el más que esperado retorno del ejército romano a éstas ansiadas tierras.



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