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Hemos llegado a la Costa Blanca. Se rompe definitivamente la horizontalidad y da paso a los fondos marinos, las aguas cristalinas y las arenas doradas.
La costa mediterránea, a su paso por la provincia de Castellón y gran parte de la de Valencia, podría definirse con un solo adjetivo -si atendemos a la faceta únicamente geográfica-, y es horizontal. Pero es algo que cambia en cuanto nos acercamos a Denia: el litoral adquiere dimensiones considerables y abruptas. Hemos llegado a la Costa Blanca. Se rompe definitivamente la horizontalidad y da paso a los fondos marinos, las aguas cristalinas y las arenas doradas como constante en el paisaje que se abre ante nuestros ojos.
Los cabos de San Antonio, de la Nao y Moraira, y un poco más al sur el Peñón de Ifach, el auténtico "buque" insignia de La Marina y, de hecho, imagen que todos hemos visto alguna vez justo al comienzo de alguna película, ya que sirvió de imagen para una productora de cine. En fin, todos ellos son accidentes geográficos de una impresionante belleza que encierran acantilados, calas y estrechos arenales. Jávea, Teulada, Benissa, Calpe, Altea, La Vila Joiosa... pueblos de marcada vocación marinera cuya vista se hace pura paz, y sobre todo luz, mucha luz. Una especie de velo blanco que lo inunda todo.
Es en Benidorm cuando volvemos a la horizontalidad, como en un descanso del camino costeño, como para permitirnos disfrutar de amplísimas playas orientadas al sur con sol todo el año. Benidorm no necesita presentación, considerado desde hace muchos años como el estandarte del turismo español de costa.
La Marina es, en definitiva, un paso por la roca y el agua, por la transparencia del agua y los bellos fondos marinos, por las redes del pescador y, por supuesto, por la arena, caliente y suave que acaricia nuestro cuerpo.
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